Sin categoría

“El banco de los susurros”

-Ángela Sánchez Neiza-

Era un día con un cielo azul claro sin la presencia de nubes, lentamente se abrían las puertas al otoño. Ari tenía una cita con una amiga muy especial, la cual le había pedido un consejo porque sentía que debía tomar una decisión de esas que solemos llamar trascendentales en la vida.

Ari llego al lugar del encuentro, un parque con muchos árboles y hermosas vistas, busco un banco para esperar a su amiga, caminando encontró uno que le llamo la atención porque tenía una luz especial y le pareció que el mismo banco la invitaba a sentarse en él, así que se dejó llevar por su intuición y fue a sentarse allí, miro la hora y se dio cuenta de que su amiga estaba tardando un poco, justo después de ese momento recibió una llamada, era su amiga, disculpándose porque se le había presentado algo y llegaría un poco más tarde de lo acordado, Ari lo entendió y le dijo que no se preocupara ella estaría allí esperándola.

Ari pensó –bueno y ahora ¿qué puedo hacer mientras espero a que llegue mi amiga? –

Puedo pensar quizás en el consejo que voy a darle, o puedo llamar a otra amiga para conversar un rato, o tal vez alcance a tomarme un café en un sitio cerca…

De repente escucho un susurró que le dijo:

–Ey ¿por qué tanta prisa? –

Ari se sorprendió al ver que cerca de ella no se encontraba nadie y mientras miraba alrededor para encontrar de donde provenía la voz volvió a escuchar

–¡Si tú! Es contigo, te queda muy bien ese vestido de flores –

Ari entre confusa y asustada, se miró para comprobar que llevaba puesto su vestido de flores favorito, busco con sus grandes ojos para hallar de donde podía venir aquella voz, pero de nuevo se encontró con que su única compañía era la naturaleza y el hermoso banco en el que estaba sentada, así que se le ocurrió preguntar en voz alta.

–¡Hola!, disculpa ¿quién eres? No te veo –

Esta vez el susurro tardo más tiempo en responder, luego de un rato en silencio se manifestó de nuevo y le dijo:

–¿No me reconoces? –

A lo que Ari ya un poco fastidiada contesto. –¿Cómo voy a reconocerte, si no te veo? –

El susurro por su parte, dijo: –No me ves porque no quieres o porque aún no te das cuenta. –

–¿Pero como me dices eso?, ¡si estoy buscándote y no veo a nadie cerca!, excepto yo. – Replico Ari.

–¡Ahí tienes la respuesta! – Dijo el susurro, podrías intentar mirar hacia adentro y no como la mayoría del tiempo, hacia afuera.

–Pero ¿Cómo miro hacia adentro? ¡Si mis ojos solo pueden ver hacia afuera! – Dijo Ari.

–Eso es lo que te hicieron creer, pero también puedes mirar hacia adentro, con los ojos del corazón. – Concluyó el susurro.

–¿Entonces?, me quieres decir ¿Qué estás dentro de mí? – Se apresuró a contestar Ari.

–No, no estoy dentro de ti, ¡soy parte de ti! Soy tu voz interior. – Aclaro el susurro.

Sorprendida Ari suspiró y replicó –¡Eres la voz de mi corazón! –

Así es, si reconoces la voz del amor, es porque te está hablando el corazón, que es donde albergamos el lenguaje de nuestra verdadera esencia.

Desconcertada y curiosa, Ari se atrevió a preguntar -¿Por qué apareces hasta ahora? ¿Dónde has estado? –

El susurro exclamó –¡Siempre he estado aquí! – tal vez hoy sea un día especial y por eso me has reconocido.

–¿Qué tiene de especial este día? – Pregunto Ari.

–Hoy vas a verte con una amiga, ¿cierto? Y esa amiga acude hoy a ti para que les aconsejes – Contesto el susurro.

-Sí, tienes razón. – Respondió Ari.

El susurro continuó con su interrogatorio, –¿Tú quieres a esa persona? Y ¿quieres ayudarle a tomar una decisión? –

–Por supuesto. – Se apresuró a decir Ari.

–Bueno, pues entonces nos ha venido fenomenal que tu amiga se haya retrasado un poco, porque así, podremos pensar en equipo como echarle una mano. – Dijo el susurro.

–¿Qué se te ocurre? – Pregunto ansiosa Ari.

–Qué te parece si para empezar, cuando llegue tu amiga le damos un fuerte abrazo, la invitamos a sentarse, guardamos absoluto silencio y fijamos atentamente nuestra mirada en sus ojos. –

–¡Genial! – Respondió Ari.

–Pero no te emociones, ni te precipites tanto, el prestar atención es más complejo de lo que parece, debemos aquietar y callar los pensamientos que van y vienen, las respuestas, las sugerencias, los consejos, todo absolutamente todo. – Sugirió el susurro.

–¿Pero cómo se hace eso? Es muy difícil poner la mente en blanco, por no decir imposible. – Replico Ari.

–No me has entendido aun, no se trata de poner la mente en blanco, se trata de ponernos en el lugar del otro, como si fuéramos nosotros el protagonista de lo que nos está contando. – Aclaró el susurro.

–Vale, ahora lo entiendo un poco más, si me siento el protagonista de su historia puedo quizás saber cómo se siente y comprender mejor su situación. – Expresó Ari.

–¡Exacto, has dado en el clavo! comprender al otro seguramente es una de las grandes claves de un sabio y gran consejo. – Expresó el susurro.

–Bueno, creo que lo he entendido e intentaré hacerlo de la mejor manera posible, pero ¿qué pasara cuando ella me pregunte o quiera saber mi opinión o punto de vista? ¿Qué debo responder? – Preguntó Ari.

–Dile que me busque. – Le indicó el susurro.

–¿Cómo? De nuevo preguntó confundida Ari, que parecía no terminar de comprender. –

–Sí, así como lo oyes, dile que busque y encuentre su propio banco, un lugar que solo cada uno de nosotros podemos descubrir, un lugar donde sentarse es igual a encontrarse consigo mismo, sin prisas, sin máscaras, sin jueces… – Concluyó finalmente el susurro.

Sentarse es entonces aquietarse para poder reflexionar y mirarnos hacia adentro con amor al pasado, al presente y al futuro. Con responsabilidad sobre cada uno de nuestros pensamientos y actos, liberarnos del desapego y de todo aquello que nos corta las alas.

En el banco de los susurros podemos conectar con nuestra esencia y encontrar las respuestas y las preguntas que buscamos fuera y resulta que están dentro de cada uno de nosotros.

8 comentarios en ““El banco de los susurros”

Replica a Julieth Cancelar la respuesta