cuentos, Salud mental

“Las sombras negras pasan de prisa”

-Ángela Sánchez Neiza-

Ari tenía un sueño muy a menudo, a veces tenía más el aspecto de una pesadilla. De repente, se encontraba en algún lugar desconocido y el tiempo en cualquiera de esos escenarios se detenía, empezaban a aparecer sombras negras, siluetas que transitaban rápidamente de un lado a otro.

Ari las observaba y se preguntaba si aquellas sombras le eran familiares, pensaba que tal vez podían ser sus padres, que corrían todo el tiempo intentando hacer lo que creían era lo correcto, o tal vez eran sus hermanos jugando a desafiarle para saber cuál lograba llamar más o menos la atención. También podía tratarse de su abuela, esa mujer de roble que siempre estaba al servicio de todos y haciendo mil cosas, pero como las sombras ocultaba sus temores y dolores más profundos.

Asimismo, supuso Ari, que podría tratarse de sus amigos, vecinos, tíos, primos y todas aquellas personas que iba conociendo a lo largo de su corta vida, aquellas con las que compartía, pero ¿Por qué cada vez iban más de prisa? ¿De qué huían? ¿A dónde iban? Se preguntaba inquieta.

Después de que el mismo sueño se repetía durante varias noches, Ari decidió encontrar una respuesta, se le ocurrió que quizás las sombras eran todas las personas que había imaginado, las sombras, niño, corrían para ser adultos, corrían para protegerse, para huir de lo que no entendían, corrían detrás de sus sueños. Las sombras adultas corrían para ganar dinero y comprar felicidad, corrían para formar familias y conseguir la aprobación y el equilibrio.

Las sombras mayores, en cambio, corrían intentando devolver o detener el tiempo, corrían para volver a tener los sueños de los niños y la energía de los adultos, corrían para aprovechar el tiempo que les quedaba, pero lo más asombroso es que corrían para que las demás sombras intentaran comprender que todo pasa, y a veces pasa tan de prisa que no nos reconocemos, pasamos como sombras por la vida intentando estar en todo sin estarlo, pensando que amamos sin amarnos, donde el tiempo también es una sombra que constantemente nos recuerda que todo pasa y que “no somos lo que nos ha pasado sino lo que elegimos ser”.

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