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“La Jaula de la incertidumbre”

– Ángela Sánchez Neiza –

Silbato y Ritmo eran grandes amigos, se conocieron desde muy pequeños, aunque no recordaban con exactitud el momento exacto. Vivían en una casa llena de animalitos como ellos, y los dueños de aquella casa se encargaban de buscar un hogar para cada uno de sus inquilinos.

Una mañana una niña llamada Ari que pasaba de la mano de su madre por aquel lugar, se sintió atraída por el impresionante e hipnotizador canto de Silbato, que no paraba de entonar hermosas melodías en medio de tanto ruido, Ari decidió acercarse y le sonrió, luego miro a su madre con ternura y le pregunto si tal vez para su próximo cumpleaños le podrían regalar aquel pajarito. Su madre, imaginando que luego se le olvidaría, le contesto que se lo pensaría.

Pasaban los días y se iba acercando la fecha de cumpleaños de la niña, unos días antes de la celebración, Ari fue corriendo donde su madre y le pregunto si ya había decidido en el regalo para su cumpleaños, recordándole que le encantaría y le haría mucha ilusión si pudiera ser aquel pajarito que tanto la conmovió.

La madre al ver que no se había olvidado de aquel canario, decidió que sería el mejor regalo para su cumpleaños. Llego el gran día, su madre la despertó con un gran beso y abrazo y le dijo que antes de la celebración, irían por el canario, Ari emocionada saltó de su cama y en un suspiro estuvo preparada, se pusieron en marcha camino a la casa donde se encontraban los pájaros, cuando llegaron Ari pronto reconoció a Silbato, el canario que le había robado el corazón; allí estaba el cómo siempre cantando de un lado para otro, y al darse cuenta de que lo iban a adoptar, fue a buscar rápidamente a su mejor amiga Ritmo, se abrazaron con sus pequeñas alas fuertemente, la verdad era que no querían separarse, por lo menos no por ahora…

Así que idearon un plan de último momento, Silbato por su parte entonaría sus mejores melodías mientras Ritmo bailaría al son de cada estrofa, como en muchas ocasiones solían jugar, así tal vez, Ari y su madre optarían por adoptarlos a los dos. Una vez puesto en marcha el plan, mientras la madre hacia las gestiones para acoger a Silbato, Ari observaba asombrada Como Silbato cantaba a todo pulmón, mientras una canaria de pico muy pequeño, bailaba sin parar de un lado a otro.

Ari no se pudo resistir y prácticamente suplico a su madre para que acogieran a la pareja de canarios, así también podrían hacerse compañía, finalmente la madre accedió, por su parte Silbato y Ritmo exhaustos por su gran espectáculo, suspiraron y sonrieron al saber que seguirían juntos. Les compraron una jaula nueva y se fueron con su nueva dueña a un nuevo hogar, en cuanto llegaron se sorprendieron de las espectaculares vistas, les prepararon un majar de futas y semillas y se sintieron a gusto en compañía de una familia calurosa.

Sin embargo, al pasar los días y posteriormente los años, Silbato y Ritmo al igual que Ari, se disponían a entrar en la etapa de la adolescencia, cada vez con más ganas de explorar y probar nuevas aventuras, aunque no tenían muy claro cómo hacerlo, ya que siempre se habían encontrado en jaulas, y a pesar de que eran felices y disfrutaban, en lo profundo de sus corazones, su intuición les decía que eso no podía ser todo, que había un mundo fuera de su hogar que quizás les gustaría conocer.

Pasaban los días y las noches imaginando aquel mundo, Silbato por su parte, soñaba con verse cantando en un escenario inmenso, lleno de naturaleza, en donde el árbol más grande y robusto sería su tarima, y toda la audiencia no pararía de aplaudir y ovacionar su gran talento; Ritmo, en sus sueños se veía bailando sobre el agua, le encantaba el sonido y la paz que transmitía el agua, en su espectáculo su tarima se la imaginaba como el océano, daría vueltas y bailaría viendo su reflejo en cada onda, su público admiraría su destreza y delicadeza.

Un día, compartiendo sus sueños, Ritmo dijo:

 ­­­—Silbato ¿Qué pasa si lo intentas? —puedo ayudarte a salir de aquí.

­­­—No lo sé…. Tengo miedo… Nunca he estado ahí fuera ­­­—respondió Silbato.

­­­—Pero, si no sales, nunca lo podrás saber ­­­—sugirió Ritmo.

­­­—¡Anda valiente, pues sal tú! ­­­—replico Silbato.

­­­—¡Yo también tengo mucho miedo! ­­­—contesto avergonzada Ritmo.

­­­—Además, si salgo y pasa algo, o no sé cómo volver, o me arrepiento… ­­­—Prosiguió Ritmo.

Finalmente, guardaron silencio y después de un largo suspiro se quedaron dormidos.

Al día siguiente no pudieron evitar hablar del mismo tema, con la diferencia de que cada vez descubrían un nuevo miedo.

­­­—Y si tal vez no canto tan bien… ¡Podrían burlarse de mí! También de los nervios puedo quedarme sin voz, sería algo espantoso ­­­—Replico asustado Silbato.

­­­—Para ser sinceros, me encanta el agua, pero ¡no sé nadar! Tal vez me ahogue o haga el ridículo ­­­—respondió Ritmo.

No obstante, todas las noches antes de ir a dormir, llegaban a la misma conclusión, si no lo intentaban como podrían saber que pasaría, tal vez sucediera todo lo que habían imaginado, o tal vez, solo algunas de sus ideas, o quizás no fuera nada parecido a lo que habían creado en sus mentes. Lo cierto era que la incertidumbre iba y venía con cada canto y cada baile, los visitaba en diferentes momentos, cuando estaban abrumados y llenos de miedos, pero también cuando se encontraban enérgicos y valientes.

Así fue pasando el tiempo, cuando de nuevo se fue acercando la fecha del cumpleaños de Ari, que ya no era una niña, sino una hermosa adolescente por dentro y por fuera. Se organizó una celebración más de cumpleaños, a la cual asistieron amigos, familia, vecinos y conocidos, todos disfrutaban de la velada, compartían, reían, comían, bailaban, y luego poco a poco se fueron marchando. Silbato y Ritmo también disfrutaron de la velada, se dejaron contagiar por la alegría de la fiesta, hasta quedar agotados de tanto cantar, bailar y comer. Cuando ya todos los invitados se habían ido, Silbato pregunto a Ritmo:

­­­—¿Cómo te pareció la fiesta? ­­­—con voz extenuada.

­­­—¡Estuvo genial! Disfrute mucho, y ¿tú? ­­­—Respondió Ritmo.

­­­—También disfrute y me divertí mucho, sin embargo, me he dado cuenta de que tal vez, todo es pasajero ­­­—expreso con voz pensativa Silbato.

­­­—Los invitados han venido, disfrutado, compartido y luego se han ido, quizás a seguir construyendo sus sueños ­­­—de nuevo intervino Silbato con voz aún más pensativa.

­­­Esos sueños que ellos también habían imaginado cada noche.

­­­—Tal vez la diferencia entre ellos y nosotros, es que ellos parecen ser libres, no están en un solo sitio, sino que pueden elegir a donde ir y cuando ­­­—Concluyo Silbato.

Hubo un gran silencio, ambos se quedaron observando el horizonte con la mirada perdida.

­­­—Bueno, nosotros conocemos nuestra jaula, porque la vemos todo el tiempo, quizás ellos tengan libertad para ir de un lado a otro y crean ser libres porque sus jaulas las llevan por dentro, incluso muchos darán vueltas y vueltas  en sus jaulas, creyendo que dan la vuelta al mundo ­­­—Dijo con voz suave Ritmo.

Hubo otro gran silencio, y al cabo de un rato de tanto divagar y reflexionar, se oyó una voz firme:

­­­—¡Vamos intentémoslo! Salgamos de aquí y construyamos juntos nuestros sueños, podemos apoyarnos como un equipo, así si algún día por la circunstancia que sea no estamos juntos de presencia, lo estaremos de corazón ­­­—dijo la enérgica voz de Ritmo.

­­­—¡Tienes razón! A lo mejor fuera de esta jaula no sea tan diferente, tendremos unos días mejores que otros, sin embargo, seguiremos aprendiendo y dando lo mejor para conseguir todo lo que hemos imaginado durante todos estos años ­­­—dijo emocionado Silbato.

Al final un pensamiento muy fuerte les dio el último empujón, quizás crecer era en parte aceptar la incertidumbre, porque aunque estuvieran dentro o fuera de la jaula siempre estaría presente, acompañándolos.

Así que manos a la obra se dijeron, esta misma noche seremos libres, se abrazaron fuertemente mirándose a los ojos, llenos de amor, entusiasmo y esperanza, y solo fue en ese preciso momento en el que se dieron cuenta de que la jaula siempre había estado abierta.

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