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“El coleccionista de momentos”

– Ángela Sánchez Neiza –

Riam era un duende que vivía en una gran ciudad, al principio cuando era bebé y luego un niño, le parecía que todo era muy grande, las personas, las casas, los coches, la ciudad. Vivir en un mundo de grandes sería una gran osadía.

Se consolaba imaginando que algún día iba a ser tan grande como todo aquello que le rodeaba. Sin embargo, al transcurrir de los días, los meses y los años, se desconcertaba al ver como todo seguía creciendo menos él, se miraba al espejo y se veía igual o más pequeño e indefenso que antes, sentía que pasaba desapercibido ante tanta grandeza.

Con el pasar del tiempo se fue convenciendo de que de ser pequeño y pasar desapercibido no estaba del todo mal, había aprendido que podía estar en casi todos los sitios que se le antojaban, ya que gracias a su diminuto cuerpo era muy fácil colarse en la mayoría de lugares.

En cada sitio donde lograba colarse para explorar, descubría algo que le llamaba la atención, parecía que las personas grandes les gustaban hacer colecciones de diferentes tipos y especies. Para continuar con su exploración Riam decidió entrar a un centro comercial que parecía muy concurrido por todo tipo de personas, allí adentro se percató de como todos los que transitaban por aquel punto tenían una prisa particular por comprar y consumir, colapsaban las tiendas de ropa, tecnología, coches, comida, etc. Mientras más cosas compraban y consumían más ansiosos y vacíos se veían, el duende se sentía confuso y agobiado por el ambiente de aquel lugar, no lograba entender esa manera de coleccionar y gastar sin apenas disfrutar de todo aquello. Así que decidió tomar un respiro y se preparó para colarse en otro sitio.

Después de deambular por las calles un buen rato, llego a un lugar que le pareció muy tranquilo, era un sitio donde se encontró rodeado de unas grandes casas con preciosos jardines, tal vez allí vivirían personas fantásticas como lo eran las casas y el entorno, así que decidió que ese sería el próximo lugar a explorar, quería confirmar si las casas eran tan hermosas por dentro como se veían por fuera. Esta vez logro colarse por una ventana pequeña que había en una de las puertas que seguro era por donde entraba el gato de la casa.

Una vez dentro, se sorprendió mucho de todo lo que había allí, había tantas cosas que no sabía por dónde empezar, exploro algunas que le parecieron útiles y otras, en cambio, no logro entender que uso le darían aparte de ser un trasto sin más. Continuo su exploración y pronto se halló en una habitación que se encontraba llena de todo tipo de juguetes, en un rincón de la habitación logro ver a un niño que con tal cantidad de juguetes le costó reconocer. Recordó su experiencia en las tiendas del centro comercial y concluyo que aquel niño sus padres le habían convertido en un coleccionista de juguetes.

Después de salir de aquella maraña de juguetes, tomo un respiro para seguir con la exploración y decidió pasar a indagar a una nueva habitación, cuando entró sigilosamente estuvo a punto de gritar y pegar un salto del ruido tan ensordecedor que provenía de aquel espacio, tuvo miedo de encontrarse con varias personas y que le pisaran o lo vieran, pero para su gran sorpresa el ruido se originaba, por un lado, de un televisor que proyectaba una película de guerra y a la vez un ordenador con unos altavoces que retumbaban en las paredes con música que no se sabía muy bien qué tipo de música era por el nivel de ruido, luego, en una cama se encontraba un chico con un móvil en sus manos. Riam no entendía que estaba haciendo aquel chico, si estaba viendo la película, o estaba escuchando la música o estaba atento al móvil, para descifrar el enigma el duende decidió trepar con mucha cautela para no ser visto, por una mesa de noche y esconderse detrás de una lámpara y desde allí pudo observar lo que hacía aquel chico, de nuevo el duende se sentía confuso, al notar que aquel joven, jugaba con su móvil y a la vez revisaba sus redes sociales para mantenerse informado de lo que hacían sus miles de amigos o conocidos, al mismo tiempo abría y cerraba diversas aplicaciones sin buscar o encontrar nada en concreto. Sin embargo, aquel chico estaba solo en la habitación y el ruido que lo acompañaba no era precisamente el de todas aquellas personas y amigos que hacían parte de su círculo social y de los cuales podía presumir. Antes de salir de aquella ruidosa, pero vacía habitación Riam concluyó que aquel chico coleccionaba amigos y relaciones virtuales.

Cuando salió de aquella habitación quiso pasar por la cocina con tanta actividad tenía un poco de hambre y mucha sed, pensó que podía tomar algo de la lacena cuidadosamente sin que nadie lo viera, y efectivamente así fue, le dio tiempo para beber tres vasos de leche con galletas, a pesar de que muy próximo a él se encontraba una mujer que estaba ojeando una revista y viendo la tele. Con el primer vaso de leche con galletas sintió nervios y miedo y fue muy precavido para que no le descubriesen, pero aquella mujer estaba tan absorta e ida en su mundo que ni siquiera se inmutó ni sospecho que la estaban observando, aquella mujer se encontraba sumergida leyendo historias y relatos de personas que quizás reflexionó el duende ni siquiera conocía, leía lo que comían, como se vestían, donde pasaban sus vacaciones, que les divertía, como sufrían, como algunos lograban superarse y triunfar, y a veces ojeaba la tele cuando oía que anunciaban alguna noticia sobre la vida de algún personaje. El duende un poco aburrido y bastante lleno concluyo que aquella mujer coleccionaba los sueños y las vidas de otros.

Ya exhausto de todas sus exploraciones decidió que era momento para irse a descansar, salió por la puerta de la cocina por la ventana del gato, tal y como había entrado, una vez en el jardín dispuesto a marcharse, vio una luz encendida en el fondo de un garaje y a pesar de su cansancio se apresuró a entrar y explorar lo que había allí, pero al llegar casi no podía cruzar la puerta, había tantas cosas allí que era todo un desafío entrar y recorrerlo sin tropezar con algún trasto, se encontró televisores antiguos, lavadoras, mesas, tocadiscos, sillas, colchones, ruedas, lámparas, cajas, ordenadores, etc. Hasta un burro gigante hecho de hierro y cubierto de telas que simulaban pieles de verdad. De repente se escuchó un ruido, se trataba de alguien que estaba entrando en aquel garaje. Entonces de un solo salto se escondió detrás de una de las patas del burro, observo como entraba un hombre con una carretilla cargada de más cosas, el hombre miro a su alrededor y comprobó un poco frustrado que ya no tenía espacio para poner sus nuevas adquisiciones, sin embargo, descargo donde pudo la carretilla y cada objeto con un gesto de satisfacción.

Mientras tanto el duende realizaba verdaderas hazañas para salir de allí, teniendo en cuenta que su pequeño y menudo cuerpo podía colarse casi en cualquier lugar y le daba la capacidad de moverse con facilidad, cuando por fin logro salir de aquel garaje concluyo que aquel hombre coleccionaba sobras.

Ya exhausto y cabizbajo Riam se dispuso a irse con rumbo a su pequeña casa para descansar, camino a su casa escucho música y voces que provenían de algún sitio cercano y a pesar de su cansancio, quiso pasar e investigar de que se trataba, cuando estuvo próximo a llegar, se dio cuenta de que se trataba de un concierto y gracias a su diminuto tamaño puso colarse y escabullirse entre las piernas de la gente y luego subir a un árbol para observar de cerca a los artistas, las personas que asistían al evento, cantaban, gritaban, algunas incluso lloraban, se abrazaban y todos tenían algo en común estaban contagiados de una energía cargada de adrenalina, se veían extasiados de vitalidad y buena vibra, era algo tan fuerte que se podía contagiar rápidamente, también había unos pocos despistados grabando o tomando fotos con el móvil. El duende decidió hacer parte del grupo de los extasiados, su energía le contagio y lo lleno de júbilo y alegría, canto sin saber la letra de las canciones, salto tanto que estuvo a punto de caerse el árbol varias veces, bailo e incluso lloró como muchos otros cuando el concierto finalizó.

Ahora sí que se encontraba de verdad agotado, pero esta vez la sensación era diferente, se sentía libre y descargado. Continúo su camino y a través de la ventana de un restaurante vio como compartían un grupo de personas, parecían ser amigos de siempre porque hablaban, reían, se acariciaban, así que decidió entrar en aquel restaurante y de paso beber y comer algo para reponerse después de tanta actividad. Se sentó junto al grupo, escucho como compartían sobre varios temas, contaban historias sorprendentes, se abrazaban y agradecían haberse reunido en aquel lugar que les traía tantos recuerdos. Lo que más le sorprendió fue que solo hasta que salieron y después de un buen rato despidiéndose afectuosamente algunos decidieron sacar el móvil para tomar una fotografía e inmortalizar aquel momento. El duende tuvo un sentimiento profundo de añoranza imaginando y anhelando el próximo encuentro, suspiró y sin darse cuenta estaba a punto de amanecer, ya se asomaba en el horizonte un nuevo día.

Aunque el sitio del concierto lo desvío un poco de su camino a casa, pronto retomo su rumbo y se dirigió a su pequeño hogar, con cada paso que daba recordaba todo lo que había experimentado en tan pocas horas, le parecía que habían pasado años, mientras procesaba todo aquello que había explorado y aprendido el día anterior se encontró frente a un parque y vio como un grupo de niños jugando, le pareció que se divertían de forma genuina, así que decidió ir a jugar un poco con ellos, total como era pequeño supo que aquellos niños lo verían como otro más, rápidamente los niños lo acogieron, lo integraron y lo invitaron a unirse a los diferentes juegos, corrieron, saltaron, Riam le enseño a trepar árboles sin caer en el primer intento, ellos le enseñaron a hacer castillos con la arena, se animaron unos con otros, en algún momento pelearon y se perdonaron, rieron y algunos por momentos lloraron, pero al final todos compartían intensamente cada minuto.

Riam de nuevo experimento muchos sentimientos encontrados, que lo obligaron a tomar un respiro para cargarse de energía por lo menos hasta que llegara a su casa, Se sentó a un momento en un banco y durante unos instantes reflexionó sobre todo lo ocurrido. Desde el banco pudo observar como los padres de aquellos niños se acercaban a ellos, los besaban, los abrazaban, los animaban, se estremecían con las historias que les contaban y se contagiaban de su alegría y ternura, era un escenario precioso, inundado de amor y compasión. El duende vivió y experimentó aquella escena con un amor infinito que abarcaba todo su pecho y su pequeño cuerpo, no sabía cómo describir lo que sentía, pero tenía claro que era algo que le gustaría experimentar el mayor número de veces posible.

Ya dispuesto a continuar con su trayecto se dio cuenta de que hasta el mismo cansancio había desaparecido, aquel sentimiento podía hacer que cada paso fuera como levitar, que cada rayo de sol recargara sus baterías, que cada ráfaga de viento le empujara y lo motivara, se sentía sublime y ligero, confiado y amado. Sumergido en aquel éxtasis, de repente, se encontró con que ya había llegado a su destino, entro a su casa en busca de su habitación para por fin entrar en un sueño profundo y reparador, ya en su cama y a punto de quedarse dormido, decidió que con todo lo vivido haría una gran colección de momentos, una selección inimitable de todos aquellos instantes en los que pudo descubrir y experimentar la grandeza del amor, la sabiduría del compartir y disfrutar, lo innecesario de lo material, porque todo es pasajero menos los momentos que vivimos con verdadero amor, ya que son los que alimentan el alma y permanecen en el corazón.

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