-Ángela Sánchez Neiza –
Cada domingo aquel jardín llenaba sus bancos de visitantes, niños, adolescentes y familias enteras dedicaban una parte de su tarde a cuidar de sus mayores.
Pedro observaba desde la ventana de su habitación y se distraía viendo el movimiento de aquel lugar que el resto de días permanecía vacío y solitario, igual a como se sentía él por dentro…
Cuando murió su mujer, Pedro se sintió muy solo. La casa se le hacía enorme sin ella, y aunque tenía dos hijos y una hermana, no se veía a menudo con ellos, pocas veces le visitaban. Así que tras consultarlo con ellos, decidió mudarse a una residencia donde al menos tendría la compañía de otras personas mayores. Cuando llegó se sintió tranquilo y esperanzado, pero con el paso de los días la rutina comenzó a desgastar su ánimo, y solo los paseos por el jardín mantenían en él un indicio de ilusión.
Mientras caminaba entre los bancos y las flores de los rosales, solía recordar su juventud, en especial las vivencias de la guerra en la que participó, algo que tenía casi olvidado, pero que la soledad y la nostalgia habían devuelto a su memoria. Pasaban por su cabeza las imágenes de sus camaradas y amigos abatidos, y de cómo él logro sobrevivir incluso salvando la vida de muchos de ellos. Días enteros cargando su rifle y la pesada mochila, caminando totalmente exhausto y manteniéndose alerta y preparado para atacar si fuera necesario. Cuando parecía que la batalla les daba una pequeña tregua, Pedro aprovechaba para compartir con sus compañeros, cada uno tenía una historia por contar.
Aquellos instantes venían cargados de añoranza, no veían la hora de volver a sus hogares y abrazar a sus familias. Él regresó a casa como un héroe y aprendió a convivir con los traumas que surgieron a consecuencia de aquella experiencia.
Reviviendo sus memorias paseaba un largo rato, luego se sentaba en un banco y contemplaba a sus compañeros de residencia, y pensaba en la diversidad de achaques físicos y mentales que tenían, meditando sobre la ironía de la vida, y de cómo había pasado de desear ser invisible durante la guerra para evitar morir, a luchar por ser visible en un mundo lleno de zombis que se alimentaban de la indiferencia. Nunca imagino que el horror de una guerra fuera superado por el vacío de estar vivo sintiéndose muerto.
El ajetreo dominical terminó, y Pedro comenzó a bajar la persiana de su ventana mientras veía alejarse a los visitantes, imaginándose que ellos también volvían a sus rutinas para lidiar con sus propios conflictos y vacíos.
El domingo siguiente las persianas de la habitación de Pedro se mantuvieron cerradas, no vieron la luz del día ni fueron testigos de los forasteros. Él se había marchado, y aquel no era un domingo más, sino uno menos en la historia de su soledad.

