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Cuento «El Orden Del Caos – El Caos Del Orden»

-Ángela Sánchez Neiza-

Érase una vez un día soleado, el cielo estaba despejado y hacía que La Tierra se llenara de energía y quisiera salir a dar un paseo, con la cantidad de trabajo diario que tenía, había olvidado por completo lo que suponía ponerse en los zapatos de un observador y caminar sin un rumbo fijo, ponerse en marcha y dejarse fluir con cada paso que daba. Le embargaba una profunda sensación de liberarse, parar y observar y así se dispuso a hacerlo.

Con cada paso, fue descubriendo de nuevo lo hermosa que era su casa, el inmenso amor que la había invadido el haber hecho de ella un verdadero paraíso.

La Tierra como se hizo bautizar, sabia de su inmensidad y de todo lo que poseía, aunque a veces se sentía cansada y un poco frustrada por todo aquello que no podría controlar. Ella, que en su momento abrió las puertas de par en par a muchos extranjeros, solo buscaba y anhelaba ser el hogar más valioso y maravilloso que alguien pudiera habitar.

Sin embargo, al transcurrir lo que los habitantes denominaron tiempo, podía no solo ver, sino experimentar en carne propia pensamientos y acciones que le causaban mucho dolor, tal vez, porque esas acciones no parecían tener alguna conexión con el amor, ese amor que salía por cada poro de su extensión, el amor que habitaba en cada rincón de lo que ella denominaba hogar.

Aquel día, con cada paso La Tierra se sentía confusa y a la vez esperanzada, confundida por el comportamiento de muchos a los que ella en su día abrió las puertas de su casa, con el único fin de convertirse y transformar la energía en unidad.

También se sentía esperanzada porque en su infinita inmensidad, comprendía que el transformarse era un continuo proceso, una misión que tenía un principio, pero no un final.

En medio del sentir de sus emociones, paseaba junto a ella el caos, una sombra que iba y venía tan deprisa que hacia perder el control y la calma de los pensamientos y las acciones de muchos, llegaba como una tormenta de verano, cargada de incertidumbre con cada relámpago y ráfaga de viento, poniendo en tela de juicio todo aquello que creíamos tener la capacidad de controlar y en algunos casos manipular.

El paseo que había decidido tomar La Tierra, se estaba tornando desconcertante y agotador, crecía en ella un fuerte sentimiento de parar, detenerse y descansar, aunque sabía que para ello, también se hacía necesario que todo lo que habitaba dentro de ella también se detuviera, se silenciara, dejando el ruido del caos a un lado.

La Tierra anhelaba un respiro de verdad, de esos que nos hacen estremecer todo el cuerpo y nos recuerdan que estamos más vivos que nunca, una respiración profunda, desde lo más hondo de las entrañas esos que nos revelan lo que de verdad somos y estamos hechos y no podía ser otra cosa que amor en estado puro y en todas sus formas, pero la sombra del caos se interponía una y otra vez y como sombra que era opacaba y nos desviaba del camino.

El día que La Tierra decidió tomarse un respiro, observo durante mucho tiempo, aguanto y siguió dando todo de sí, abriéndose a todo aquel que llegaba. Sin embargo, en su observación y posterior reflexión, su intuición la acercaba cada vez más a ese necesario y vital reposo, para encontrarse de nuevo con su esencia, para dejar un mensaje claro a los ojos de todos, sin importar que unos vieran y comprendieran el mensaje antes o después, finalmente a todos les llegaría.

Su voz interior y su constante batalla por huir del caos, le susurraban casualmente lo mismo: “detente, descansa, reencuéntrate, ámate, consuélate, acéptate, recuerda quien eres y cuál es tu misión”, si del amor ha surgido se ha creado y mantenido lo que llamamos mundo, al amor tenemos que volver, el viaje es largo, pero el proceso y la experiencia son maravillosos transformadores.

La Tierra pensativa y esperanzada sintió que tal vez el caos llevaba al orden, quizás el hecho de revolucionarlo todo permitía volver al centro, a la verdadera esencia de lo impredecible, del encuentro con lo intangible, de la fragilidad ante tanta inmensidad. Se hacía necesario vaciarse para volver a encontrar y así poner orden al caos.

El fruto de todo aquello no podía ser otro diferente al de transformar la energía para que La Tierra abriera de nuevo sus puertas y construir juntos un nuevo hogar.

El paseo había terminado para dar paso a la acción….

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